jueves, 20 de febrero de 2020

MADERA MUERTA

(1997-2020)

César Eduardo Galarza


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Mándame a tus tierras vacías,
por las que van los vientos anchos,
donde se alzan grandes conventos
como muros en torno de la vida
no vivida. Seré allí peregrino,
sin separarme por ningún engaño
de sus voces y formas,
y tras de un anciano ciego iré
por el camino que nadie conoce.
Reiner María Rilke, EL LIBRO DE HORAS

Y la diosa me contestó: ¡Desgraciado! ¿Ni en el lamentable estado en que te encuentras quieres prescindir de tus hazañas y aun enfrentarte con los dioses, ya que el monstruo de que te hablo es inhumano, invencible e inmortal, y contra él no significa nada el valor humano?
Homero, LA ODISEA, CANTO XII

De esa vieja madera hice mi barca;
desnudo contemplaba la llanura
los labios eran sal, las manos yodo,
y no hubo ruido semejante en su grandeza
al de las olas.
Francisco Tobar García, LA LUZ LABRADA

Tiéndete aquí a la orilla de tanta espuma,
de tanta vida que se ignora y entrega:
tú también perteneces a la noche.
Octavio Paz

Esta boca que te habla no es la mía.
Este rostro que miro no es tuyo.
Ni esta risa es tu risa. Y sin embargo
presente estoy, aunque me sienta lejos.
David Ledesma Vásquez, CUADERNO DE ORFEO

Este mar que crearon los mortales
ya no me pertenece.
Solo aquel
que cubrirá mi aliento.
Ángel Emilio Hidalgo, EL TRAZADO DEL TIEMPO

No hay nada,
ni caminos ni casas ni faroles
Sólo el crepúsculo
que busca tu vida
Gunvor Hofmo

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POESÍA


No existe oración
que te salvaguarde.

Tu saber
es dirigir esta gramática,
conjugar la ansiedad,
verbalizar este deseo.

Cada verso
que intenta poseerte
extingue los códigos.
No hay lenguaje.

Incierta es la región
cifrada por los labios.



I

El mar aproxima su huella

y al advenimiento de la sed

trae su canto



ARENA DESVANECIDA

Atrás queda el puerto,
atrás los seres que exigieron tu presencia.
No mires,
no contemples tus temores;
no propicies la sal que no será tu cuerpo.
Deja que los dioses se diviertan,
que destruyan sus zócalos y fortalezas,
que jueguen a reedificarlo.

Este es el rumbo,
el camino prometido.
Aunque sólo tus ojos sonrían
y no puedas comprar nada, acaudalado serás.
Irás a la noche, déjalo todo.

(Respira profundo y guarda aire en tus pulmones
pues la lluvia es irrespirable;
es aquel reguero de lamentos, agua incendiada)

Hacia el orbe te diriges y serás grande/
serás nada.


RUTAS

Al principio
los dioses se devoraban.
Morían y renacían para dar paso a los hombres.
Nos legaron héroes y leyendas.
Nos entregaron el mar;
pero en cuanto pudimos navegar nos alejamos,
y cuando ardieron nuestros imperios
los olvidamos tristemente.


SITIO

Al indicio de la flama
renuevas la noche.
Fuera de ti
se trama la conquista.
Desde el asedio
tiemplo los arcos
¿o será el aliento
suficiente
para salvar las murallas?


ILIÓN

Sitié la ciudad
y la he vencido.
Entré a ella como
un regalo de los dioses
y tomé sus riquezas.
Nada tuve,
sólo mi fuerza.
Como un dios
decidí por los hombres.

Ahora mis naves
invocan el hogar.
Mas, ¿qué me depara
este mar de agitado silencio?


ESCILAS Y CARIBDIS

Es tiempo de partir
ordena el vaticinio.

Hacia profundidades van los cuerpos;
en ellos, las cartas
para la expedición.

Viejo es el mar
y se complace en el naufragio.


TELARES

Ahora es inmortal, se dice la artesana.

La luna
se enclava en los mástiles.

Hermes vuelve
con su mensaje no dicho.

La bitácora es el universo
que desteje:
la noche presa en los tambores.

Su hijo duerme en sus manos;
él guiará naves y derrotas.

Cuán equivocado está –el sollozo restriñe un hilo–.

¡Marinos,
remonten el mar!

Mengua el mundo,
todo pasa,
no somos infinitos.


CIRCE

La hechicera adereza sus viandas
y a los llegados el valor de sus vides ofrece
(torpes en sus mortales manes
la inquietud aturrulla sus gargantas).

Saciados,
dentro de sus vacíos
otros espíritus descansan su lasitud
–nadie toma en cuenta a los convidados ausentes.

¡Detén la escudilla que se aproxima a tu boca!
No eres tú quién instituirá la eucaristía.
Repara en tu búsqueda,
requiere de tus hombres en esta noche.

Violenta el lecho de la sibila
y preña sus copas de germen cavernario.

Que los hombres que vengan
alcen cueros en tu honor
y se alimenten con carnes de similares hecatombes.


EÓLICA

Seguiste la ruta trazada
en viejas cartas.
Descifraste códices primitivos.

A favor de tu instinto
despertaste la noche
y te regocijaste con inocentes sirenas.

Perdiste el rumbo,
aceptaste la imagen del oráculo.

Entonces sucedió la tormenta,
pero de todo embate saliste bien librado.

Te hiciste con un mar
para negar tu sortilegio.

Los dioses han sido benévolos contigo
y apartado tienes un lugar en la gloria.

Mas, debes confesar, ingenioso rey,
que tú liberaste a los vientos.


CALIPSO

Calipso: no hay infinito para los hombres.
Otorga la madera que ha de morir
llevando sus pesares.

He hablado a los vientos
para que hinchen sus velas,
para que lo lleven al mundo conocido:
al hijo que busca,
a la mujer que espera.


POSEIDÓN

Tantos años
y es igual la deriva.

Este mar cubrió al mundo
negando a mis velas el reposo.

¿Para qué estacas ardientes,
si este océano me eleva
a mayor oscuridad?

Esta barca es
la incertidumbre del salitre,
un pueblo a mis pies
que no halla horizonte,
áncora inevitable.

A otros les pertenecerá
redimir la travesía;
que se diga
que fui hombre próspero,
que tuve casa y descendencia
y un mundo fértil.

Un dios se deleita en mi osadía.


AUSENCIA DE ULISES

(Circe y Calipso, voz a dúo)
Busqué la noche que hablaba de ti.
Intuí sortilegios y salvé naufragios;
bordeé sus misterios.
Desenterré tu cuerpo para atesorarlo.

Quise darte un nombre junto al mío
para escapar de las mareas.
Pero qué tarde nos encontramos
el ábside enfurecido quemó las naves.

Esperé entonces al día
y acallé los sucesos nocturnos...
(detrás de ese cielo
está la noche verdadera,
la noche negra,
la cálida noche de los dioses;
la noche inalcanzable)


II

El mar aproxima sus sonidos

(intento asirlo a las palabras

para que el verso vaya por tu cuerpo)


LAMENTO DE ULISES

1.-
Lloraba por ti en el diluvio.
Entre la tormenta fui la sangre de estos mares
y mis manos de niebla acariciaron la tierra.

Mas la distancia extravió a tu boca
y jamás se escuchó mi nombre,
ahora impronunciable.

2.-
Tus manos confunden la luz,
distancian mareas. Mi poniente
es la madeja que desgastas.

Repaso noche a noche
los astros que vinieron.

Tu rostro se repite en cada puerto,
pero algo de ti no tienen esas visiones.

Ahora sé que no todo nos estaba permitido.

3.-
No soy un dios.
Estos pesares no son míos.
Este mar no lo ven mis ojos.
Este cuerpo no es tuyo ni mío.

Oficia en el telar sus deseos;
en cada noche que construyes
surco las ruinas de un naufragio:
un piélago que vacía óleos en la arena.

4.-
No hubo pesca
y mis redes están cansadas.

Oculta el firmamento mis barcos.

Se acabará la arena
que asola mis pasos
y veré desde mi gruta tu silencio,
pues hacia ti se orientarán las agujas
cuando el sur exista en tu mirada.

Lejos pasan las aves.

5.-
Jamás encontraré palabras para morir.
Mis frases conocen el mar,
el fragor de la pelea y la muerte de otros.

Mis labios hablan para mi prole.
Mi boca conjura tu vientre.

Jamás tendré palabras para mi muerte
porque en ti está mi casa,
en ti está lo que soy
y fortuna
azar o destino
no existen,
porque tú eres la llama que mueve el universo.


ATARDECER

Tiemblan mis ojos al mirar
el universo gris que nos oculta.

Escucho el llanto de leviatán,
y el astro que miro me mira también,
con su luz hace mucho tiempo muerta.


AUSENCIA DE LA DIOSA

En la playa que dibuja mi pie
ya no existes cuerpo amado.

Ignoro tu placer esta noche
pero entre mis agrietadas manos
sostengo el más ingente de tus recuerdos.

Perdóname la costumbre senil de burlarnos de la vida.

Soy un hombre,
jamás el dios que acercará la ambrosía a tu boca,
jamás el peregrino que entró a tu cueva.


CANCIÓN PARA CIRCE

1.
Podría decir: “ajena la isla de la que me retiro”,
pero eso es engaño repetido;
excusa de la carne para apaciguar el deseo
-certeza que abrasa como duda,
que arrastra como frase no dicha-.

Podría contar las arenas de la noche
pero eso sería navegar sin comprender las cartas,
porque jamás mi noche será tu noche;
ni el mar que has contemplado junto a la tarde, mi mar.

2.
En un lugar tu rostro despierta soledades
-mi mano persiste en no saber tocarlo,
en embotarse tanta frase absurda,
en dibujar trazos de extinta luz
y áridos árboles despreciados por inconmovibles aguaceros-.

3.
En mi paciencia resuena un grito:
tu nombre extraviando el atardecer
-el sol desgaja torpemente su soledad-.

¿Cómo intuyes de tu pie el abismo
para no dejar caer tus frutos en la ruta?

El día cierra sus ojos y contempla la noche.

Crudo acontecer:
junto al universo el grito cesa,
resbala de mis dedos y descansa en la arena.

El viento despeina caracolas
y empiezo a recordarte...
-ya jamás el oleaje te pronunciará.


NAUSÍCAA

(Nausícaa)
Acuérdate de mí forastero
allá en tu patria cuando estés entre los tuyos.
Para tu piel he dispuesto mi piel,
para tu arrullo, mi canto.
Para que surques el mar, la mejor de mis embarcaciones.
Sin embargo vuelvo a repetir: Quédate.
Pero no te creas vecino rey
que es porque me hagas falta,
pues si bien, apenas te he visto
y difuso entre la luz de la mañana.
Quédate, digo, para que cruces conmigo los portales de esta casa,
para darle sentido a los sueños que te atormentan,
para sosegar aquellas pesadillas.
Quédate, digo, para que mi corazón, de pasión, deje de estar inflamado
y más bien en su interior la semilla de amor crezca.
Quédate, digo, para sembrar de porvenires tu mirada,
para que cultives en mí la sabiduría que nutrirá tus postreras horas,
para que llenes el vacío de tus ojos
con el mundo que he contemplado antes de tu llegada.

(Ulises)
A tus oídos desde lejos rogué
y atónito quedé al mirarte
y piedad te pedí
y a los dioses supliqué que alcanzaras
todo lo que tu corazón anhelase
¿Pero soy yo, este hombre envejecido en el naufragio,
aquel a quién deseas cubrir con tu voz?
¿Soy yo, reina, seas mortal o seas diosa,
con quién quieres vivir tus esponsales?
El mar ha sacudido mis miembros
y me ha mostrado la senda del sufrimiento
por la cual van aquellos a quienes la vida favorece.
Y cercano soy de ti en este ahora,
en el cual quisiera detener mis ansias de volver
para establecer mi morada en la premisa de tus dones,
pues he visto en tus ojos aquel mundo que prometes
y he sentido en tu canto las ansias de mi canto.
Pero lejano soy de otro mundo, cuyos espectros
pueblan mis ojos de nostalgia;
de un hijo que a estas horas tendrá quizá tu edad
y de una mujer que en este día quizás aún me aguarda.

(Nausícaa)
He acatado las palabras de la diosa
y heme aquí, estremecida ante tu presencia.

(Ulises)
A ti, que me diste la vida, a ti esta leyenda debo
y te invocaré en mi memoria cada día.

(Nausícaa y Ulises, voces a dúo)
Que no se borre de mi mente tu rostro
ni me quede apenas un nombre para recordarte,
que en la playa quede tu huella,
y, en la noche, la luz de tus ojos como un faro;
para volver a ti mi cuerpo si alguna vez
pudiésemos compartir aquel pasado que nos negamos.


CERCANÍA DE PENÉLOPE

Se puebla de ti mi mirada
y mi boca precipita el arrullo de las horas
sobre la sinuosa calidez de la noche

No quiere mi cielo de tu astro la luz
pero a tu luz mi oscuridad pertenece

Se puebla de ti mi mirada
y te quiero aquí (a bordo de este naufragio)
cabalgando hacia la caída de la tarde
siendo como yo el abismo
siendo juntos el instante

Ahora lo sé (tu silueta traza el horizonte)
y es inútil que mi palabra lo evite:
en tus ojos yacen mis soledades
en tus labios el futuro apetecido
en tu rostro los amaneceres
en tu cuerpo la calma que mi corazón aguarda
en tu voz la poética para conjurar la muerte
en tus pies desnudos la poesía


AUSENCIA DE ULISES II

(Voz de Penélope)
La esencia del mar erige castillos.
La tierra se ahoga en navíos
y el instante emerge como olas.

Tu reino está vacío,
tus ojos se agolpan en las calles
pero no hay rostros ni frases para el día.

La ciudad que edificaste
fue cubierta por el mar.
Sus habitantes murieron
y los dioses templan sus atarrayas
donde alguna vez escribiste tu nombre.



III

El sol, el mar: viejos pasos;

ayes de infinita herida.

La gaviota en los ocasos

gime un adiós: la partida.

La sal, las olas, la arena.

La inmensidad de lo azul

bebe su cóctel de nube.

La muerte, investida cónsul,

por el silencio va, sube.





ALTURAS DE LA ISLA

Cansado el rey cuenta sus ovejas;
el cayado prolonga su caminar
–el atardecer invicto prodigado en la ciudad caída-.

Cansado el rey se sienta en la hierba.
Piensa en el hijo desconocido,
en la mujer incierta que lo acompañará el lecho,
y desea por un momento la juventud de la diosa

(se dice, también, que morir es bueno).



TÁLAMO

Acude a la mujer que amas
(aunque su voz a otro hable)

Ámala, una vez más, desde lejos
y quédate engrandecido en tu silencio

Deja en aquel lugar tus lágrimas
y no vuelvas jamás por ellas

Ámala, como la vez primera,
y que su recuerdo duerma junto a ti ahora
(que tu abrazo no la encuentre
que no sea nuevamente cuerpo
por ti sembrado)



AUSENCIA DE PENÉLOPE


Ya nunca más mi casa
ni el descanso en el cuerpo
tantas veces abrazado
ni la sonrisa que acortaba
distancias para llegar a mi sonrisa
ni el beso ni la respiración que tantas noches atrás
tomó de mi aliento para alimentar sus sueños

Ya nunca más nuestra isla
ni la espera ni la anticipación
ni el bailar en una esquina
ni nada de aquello que en lo callado de mi rostro
tanto amabas

Ya nunca más tu voz dando paso a la noche

Viene ahora el silencio de la habitación oscura
el deseo por hacerse y la vida por soñarse
(aquella que se entregará alguna vez bajo los estertores de otras lluvias)

Y tengo miedo
de todo esto que no te importa

(Ya nunca más el destino cierto que fuiste)

Mi universo por ahora se detiene
tu llama en él se apaga

Mi cuerpo desnudo espera a que la luz se encienda
(sabe que no será tuya la mano que traiga el destello)

Es tiempo de habitar el silencio
de quedarse quieto en las pausas
y dejar a las horas hacerse grandes y provechosas

Y así...
ya nunca más tejedora

(Será otra quien hile mi mortaja)


CANTO XXV

Lo más absurdo es darse cuenta de que el tiempo pasa,
contar las estaciones y saber el ciclo de los días,
pronunciar: “el sol es fuerte y secará las ropas”,
y ver las sombras que aún no llegan a su sitio.


SEGUNDO LAMENTO DE ULISES

Sigo buscando en ti la noche,
la evidencia que tras la piel aguarda,
el callado acento que agita las estaciones
y en cada latido edifica parajes de mar y tiempo;
castillos improbables
que reposan en el aire de los años,
en las siluetas que recortan la tarde
sobre las desnudas piedras del abismo.

En las sombras un brazo se alarga
hacia una cabeza volteada al viento,
hasta un rostro que acaricia
los rastros de la próxima llovizna.

¿Adviertes el lejano rumor del crepúsculo?
Dice que no existe esta canción si no te pertenece.


ADIÓS DE LA REINA

Caminarás por esta calle
y los hombres no sabrán quién eres.
Los dioses miran el pasar de tus días,
la ruina de tu belleza.

A ratos, llegan al muelle
los sueños que perdiste en el diluvio.

Ahora eres aquel barco
que naufraga cada noche.

Lo dejaste todo.

Tu cielo se llenó de altas torres,
tu mar fue allanado,
y todo pasó,
y tú pasaste.



IV

aquel canto que en la memoria cabe




INVOCACIÓN A LA MUSA
 
La luz a tus ojos asoma
y en mis retinas proyecta
el simulacro de las horas

En esa apariencia
-acaso incesante y repetida-
renuevo los compromisos
que hice con el lenguaje

En las imágenes
que tus manos gestan
labro el camino de la sombra;
aquella en la que busco sentidos,
el color de la noche,
la temperatura de la piel,
la música de los cuerpos
que los cuerpos trasciende,
el sabor del sexo en la lluvia,
en el mar, en el pavimento y la floresta:
el impulso de la muerte
que nuestras bocas vivifica

Pero por ahora callo,
te entrego este silencio
que mi vida envuelve,
para que tus palabras preludien
la siguiente canción del día
 

NUEVA ESTACIÓN DE LLUVIA

Deberías contemplar conmigo
la forma en la que el mar se alimenta del aguacero

Escuchar conmigo esas voces 
que claman desde el horizonte
y cuyos últimos vahídos mueren en la orilla

Caminar conmigo y sentir esta arena bajo tus pies:
la constancia de los reinos desbastados por la pasión
asolados por la codicia hacia la semilla
que sembró el sol en el vientre tibio de la tierra
devastados por la ansiedad de poseer las lágrimas
que soltó la luna cuando se alejó de ella

Al igual que en otros desembarcos
he aquí que tu rostro se repite también en este puerto
pero ya no lloro al mencionarte

Sé que no contemplas el mar ni el aguacero conmigo
ni es mi huella la que acompaña tu huella
cuando en la tarde tus pisadas se pierden
Sé que nuevos reinos se erigen bajo tu tutela
en otras ciudadelas por amor edificadas
  
¿Otra nave urdirás ahora? ¿Con qué telares?

Envejezco y mi piel se anticipa en volver al polvo
Me ocupo ahora en comerciar los obsequios de los reyes
y los pocos trofeos salvados de la guerra

Y tenías razón: 
aunque todos reciten mis historias
nadie me reconoce

Lo que soy ahora dejó de temer a la lluvia
y espera cada nueva estación para ungir sus labios
en la obstinada persistencia de sus espejismos


20 AÑOS, TRES MESES, 21 DÍAS 

Y la diosa dijo:

¿Te harás a la mar de nuevo?
Tus cabellos se han vuelto plateados,
tu vientre ahora es abultado
y esa vieja caída sobre tu rodilla
duele cuando corres.

¿Expondrás a los vientos tus velas?
No hay buenas barcas en estos días, 
los marineros no codician la gloria o el honor
y tus viejos tripulantes 
son dolorosos recuerdos.

¿Qué te espera más allá del horizonte? 

Adorada diosa -respondí:

En mi universo no existe llama ninguna ahora.
Mis hijos e hijas han crecido
y es mi deber el visitarlos.

Debes saber que amé siempre,
de distintas maneras,
a distintas horas,
con distintos nombres
y en diferentes tierras 
pero nunca supe, como ahora, lo qué es amar.

Ahora mi mundo no es mi mundo.
Mi hacienda apenas produce lo necesario para sostenerme.
La abundancia de otrora 
es la preocupación por el hambre de mañana.
No existe ya mi casa
y entre sus ruinas pasea Céfiro
ahuyentando alimañas. 

Me queda el mar ahora,
aquel mar que me llamó siempre.
Confiaré en el perdón de su dios
y trocaré mis atarrayas por un navío. 

Lejos de esta Ítaca
quizás otro mundo florezca para mí
-no lo sé-
pero prefiero intentarlo
y naufragar las veces que fuese necesario. 

En cada puerto, en cada reino contaré mi historia a rapsodas ciegos
a los que diré, además, 
un nombre que evoque peripecias, vicisitudes y dolor. 

Bendice a tu preferido una vez más, oh diosa,
y dame el valor para reunir las palabras 
que me salven del olvido.


NUEVAS RUTAS

La palabra resiste la bruma del aliento,
baja y sube por las calles,
atraca y parte de los puertos,
entra por ventanas y puertas,
zumba en los oídos, anida en los sueños.
Se sale por los abiertos ojos al día.

Al pronunciar sombra, las sombras de sagrados seres
urden mi estertor:
la derrota del inventariador
que trocó sus cuadernos en lascivos manes.

El viento aúlla sobre la ciudadela
y el rumor conjura
“vuelve al mar de tus perdidos héroes...”

¡Cuánta frase maltrecha dispuesta en el desamparo!
¡Cuánta intención de un verso que no podría ser!

La palabra se encuentra ante el día,
alcanza a decir luz y las luces de eternas noches
proclaman su esplendor violeta.

No. No podremos ser vigías:
el tiempo es la sentencia por no saber vivir,
por conjeturar nuestra ubicación el día de mañana.

Guayaquil, ciudad-puerto, julio de 1997 – diciembre de 2020

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